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14 feb. 2006

al ritmo de la noche

Booklyn.-
el sábado que volví un hombre canoso ponía en orden la barra. No te había visto antes, dije. Estaba en el hospital, respondió. ¿Y qué haces aquí? Soy el que limpia los baños, pero esta noche seré tu ayudante. Le di las gracias. Al ofrecer un vaso para sus propinas explicó que él no las recibiría. Pregunté si era el dueño. Respondió que sí, que había comido en los mejores restoranes y dormido en los mejores puentes del mundo, que había estado en la calle, que había tenido necesidades, que fue reportero de El Sol de México antes mucho antes de imaginarse poniendo un bar de ficheras, que respetaba a todo el mundo por igual, sin importar cuánto ganaban o a qué se dedicaran, que por eso prefería presentarse como el más humilde.

13 feb. 2006

identidades

Hay días en que comienzo abriendo mi correo usual, otros en que prefiero hacerlo con mi otra identidad sólo para descubrir la propia torpeza el intentar separar un nombre del otro.

Malinalli Alcázar escribió:

Me da mucho gusto saber que te encuentras bien y que ya puedes caminar. Gracias por el abrazo, también te mando uno fuerte. Ah, pues lo de tu nombre lo investigué, estaba muy intrigada por saber quién era la chica que había escrito “a la manera de un crucigrama”, entonces busqué en la red. Y supe que no eras la escritora erótica francesa. Y me intrigué aún más. Entonces con lo que escribió Rafael de que eras chilena y también tú me escribiste y firmaste con tu nombre. Y así fue, ¿qué te parece? Sólo por curiosidad en cuanto al comportamiento humano: ¿tú no estabas ansiosa por saber quién era yo? Gracias por escribirme. Por cierto ya recupere lo que había escrito para ti, pero el archivo tiene un virus que se llama darvy o algo así, entonces cuando lo recibas te recomiendo tomar tus precauciones para abrirlo.

Malinalli Alcazar.

6 feb. 2006

pan con mantequilla

Para ir al baño no encuentra mejor cosa que ponerse las sandalias del roommate español, super respetuoso en lo que a propiedad privada se refiere (cada vez que le saqué un chocolate o un pan me sentí ridículamente avergonzada). En la ducha intento explicárselo mientras aplica a su cuerpo el gel de baño made in Spain. “Eso no es mío”, le digo. “Ah, por eso no me gusta tener roommates, en mi casa todo es para usarlo, en África todo es de todos”. Le recuerdo que sí tiene un roommate. “No, él es mi hermano; es de mi misma tribu”. Por un momento imagino una aldea con chozas de paja, las calles de tierra de una postal tan estereotipada como irreal; el músico africano me ha contado que la suya es una ciudad moderna.
Tum tum tum. Lo conocí tocando el tambor con su propia banda. Música de su país, Mali, que puso a bailar a la concurrencia. Desayunamos juntos. “Hazme un pan con mantequilla”. No, háztelo tú. Andaba algo quemada. Mi lado predilecto a la orilla de la cama resultó ser el que ocupan los hombres para proteger a la hembra. Como estábamos en mi casa no insistió.
Cuando le di un masaje lo alabó en forma inusual “eres una buena mujer, pareces africana”. ¿Y ellos no hacen masajes?, pregunté. “A veces, pero ellas siempre”. Debo decir que al menos tuve ese privilegio. Increíbles masajes que Baye Kouyate aprendió de su abuela.
“Eres buena”, solía repetir el músico, a pesar mis exabruptos. “Irás a Mali?”, preguntó ese último día. Pero sería muy distinta a las demás, respondí, y con aires de diva o heroína procedí a jactarme por haber llegado a la ciudad un año antes “¡con sólo 600 dólares en el bolsillo!”. “¿Sabes? -dijo él- cuando yo vine aquí no tenía nada, ni siquiera un dólar”. Con los ojos abiertos y un poco de culpa pregunté cómo hizo. “Esperé a que mi hermano viniera por mí al aeropuerto”. Al poco tiempo encontró su trabajo actual. Tragué saliva antes de aventurarme a indagar cuánto gana en la cocina del mismo bar en el que a veces toca. 300 a la semana, “la cuarta parte del salario se lo envío a mi madre para que toda la familia viva un mes...”
Intentaba explicarle que no tengo pan y que mejor fuera a comprar, pero en fin, nos comemos el de mis roommates. Dentro de tres días dejaré New York y entonces ya no importará.

corte y confección

elegir arbitrariamente un pedazo de texto, colocarlo junto a otros mezclando fechas y lugares, ordenar y desordenar tanto el itinerario hasta que lector y autor dejen de saber a ciencia cierta si esto o aquello ocurrió antes o después, si fue cierto lo que motivó tal personaje o si siempre hubo un poquitín de ficción, una pizca de incertidumbre, otra de ironía, unas gotas de escepticismo.

1 feb. 2006

al ritmo de la noche

es el nombre de un bar de mexicanos a la vuelta de la esquina, las chicas se llaman ficheras, los tipos les pagan por bailar, un baile tres dólares, un trago invitado les da una ficha canjeable por otros tres billetes verdes, desde el interior de la barra veo la noche pasar, siento sus pulsaciones. El monitor de televisión a un costado enseña seis recuadros a la vez. En dos se ve el exterior desde distintos ángulos, en otro el baño, la pista de baile, el guarura de proporciones gigantescas tomando cocacola y dándose golpecitos en la palma de la mano con el arma: una barra de metal, que en sus palabras “puede matar a cualquiera”. Pero no ha matado a nadie al parecer. El rumor de mis vecinos chilenos de un tipo que habría sido asesinado no responde a esa locación, sino a otro bar aún más decadente llamado Paraíso del encuentro. En el mío no se ven drogas, sólo hombres ebrios, cansados y tristes, alguno un poco violento o despectivo me llama con un chasquear de dedos. En la pantalla de tv aparezco sentada con cara de espía, bailando rancheras con la chica americana que también sirve los tragos, o intentando arrebatar un billete de manos de un cliente borracho que se niega a pagar. El rimo de la noche que persigo no es el golpeteo de las teclas, sino la articulación de las palabras, su sonido incesante. Al terminar ponemos en orden la barra, mientras la fila interminable de mujeres espera su turno para estirar la palma de la mano frente a la caja registradora y recibir el pago por cada trago invitado, por cada baile; si a alguna le habrán pagado aparte el beso en el cuello, el baile más apretado o el manoseo, eso no lo sabremos. A la chica americana la vino a buscar su novio, un joven mexicano con algo de oro en los dientes, al que vi besar a una de las ficheras en la mejilla mientras la bartender se agachaba, recibir un billete de la propina de su pareja para tomar más chela, irse borracho golpeando los postes a la salida, mientras yo le decía a la desafortunada novia que el tipo se parece a los clientes. Decidí ir de anónima para escribir mi reportaje en un arranque de periodismo vivencial, de cualquier manera una buena excusa para ganar los miserables 75 dólares honradamente.

(Brooklyn)