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3 sep. 2005

fingerprints

A Nicole, que recogió mis cosas

A través de las rejas se distingue el ir y venir de los hombres vestidos de azul; una medida del transcurso del tiempo. Es su primera vez?, pregunta Lagattuta, con una voz bastante amable que contradice el lugar en el que estamos y -bajando el tono hasta dar la idea de un secreto- agrega que no pondrá la marihuana poque sería peor. Es mi primera vez le digo, no tengo historial, el único problema es que soy un poquito cleptómana. Tiene alguien a quien llamar para que recoja sus cosas?, pregunta, es necesario que vengan porque sino podría tardar días en recuperar sus pertenencias. Sí, pero no quiero llamar a cualquier persona, no es una buena noticia la que voy a dar, pero a cualquiera puede pasarle, ¿no?. No tienes que pensar en la vergüenza, ya está hecho, aquí hemos tenido personas muy famosas, confiesa en tono de anécdota. Sin ir más lejos, Johnny Deep, quien destruyó todos los muebles de su habitación de hotel tras pelearse con su novia. ¿La golpeó?, pregunto. No, sólo rompió todo lo que había en el cuarto.
El teniente hace girar la llave grande en la cerradura de la puerta y me entrega el celular para que lo intente, la señal se va. Por alguna razón la amiga al tanto de las incursiones por tiendas de ropa, cremas y comida, insiste en devolver la llamada. El teniente explica la situación y me pasa el teléfono. No te preocupes, me han tratado bien, digo, el porro fue perdonado, así que fumátelo cuando vengas a recoger las cosas, las tarjetas de HyM también las encontraron y fueron perdonadas. Vuelvo detrás de la reja hasta que el teniente hace girar la llave una vez más. Pide que avance y pone uno a uno mis dedos en una máquina especial para tomar las huellas digitales. Parecen dibujos, pienso, qué ganas de pedir una copia; callo el comentario poco pertinente. Luego varias fotos polaroid que no alcanzo a ver y otra vez de regreso a la celda. Las horas se estiran como chicle, comienza el frío, porque como explican otros funcionarios el lugar no está pensado para la comodidad. Pido a Lagattuta me pase mi nueva adquisición, una chaquetita de lana rosada sustraída en Levis. El resto de las cosas, porro incluído, casaca de cuero malhabida en otra tienda y tarjetitas H yM se las lleva mi amiga. La llegada de un nuevo arrestado provoca un cambio en la rutina. Soy sacada fuera de la jaula, a las sillas en la oficina, mi mano queda unida a la reja por unas esposas. Pasan varias horas en el transcurso de las cuales concluyo que el detenido es un hombre excéntrico, o loco; respira recordando a un animal en el zoológico, hace yoga, provocando la risa de los policías a su cargo, juega con moneditas. El inspector Meruanes se dirige a mí en español, pregunta por qué estoy acá. Por tomar lo que no es suyo, responde él mismo. Hablo otra vez de la cleptomanía dudando si realmente se trata de una excusa inventada o de la verdad. ¿Sino qué razón hizo que entrara a esa tienda (si me dirigía a otra), que ese abrigo y ese sweter que estaban sin alarma me quedaran tan bien, que los metiera a la bolsa llena de prendas de otra tienda que en ese momento iba a cambiar, aunque más bien el objetivo del día era convertir las tarjetitas de H y M en dinero? Algo como una ansiedad, una compulsión inexplicable abierta en parte por la sociedad de consumo. La misma fiebre que mueve a un adicto a no parar hasta conseguir el objeto de deseo ¿Sino qué hizo que cambiara los planes de forma tan aventurada y olvidara cortar las etiquetas previendo que podrían sonar a la salida? ¿Por qué mi rostro se mantuvo imperturbable, incluso sonriente, mientras los encargados de la tienda me interrogaban, revisaban mis cosas y posteriomente los uniformados descubrían el frasquito con un poco de marihuana y las tarjetas de HyM, comentando lo obvio: roba mercadería y la devuelve? ¿Qué me llevó a despidirme de todos en la tienda dándoles las gracias y sin hundir jamás la cabeza mientras el policía rubio me llevaba esposada? Como no oculté el rostro, una vez en la calle pude ver a los curiosos obvservarme subiendo al vehículo policial. Todo es parte de la misma nebulosa que ni siquiera la voz del inspector recomendándome no-hablar-de-la-clep-tomanía-al juez-en-la-cita dentro de un mes logra disipar. No es algo grave, dice, es tu primera vez, sólo di que estás arrepentida y que no volverá a ocurrir. Después procede a llamar al hombre alto tras las rejas, a mi espalda, para enseñarle a una nueva funcionaria cómo se toman las huellas digitales. Pero el detenido está muy tenso, las huellas salen borrosas o movidas, el inspector comienza a perder la paciencia, a amenazarlo con ir a Downtown y esperar por ver al juez tres días. El detenido se pone más tenso, lo regresan al calabozo. Trato de decirle que respire profundo como en yoga, pero él comienza a gritar que cuando salga de allí se tirará de un puente, acabará con su vida, cometerá suicidio. Luego vuelve a la normalidad y pregunta por qué estoy en ese lugar. No respondo. Pasan las horas y el frío aumenta. El tipo estira su sweater hasta cubrirse las piernas y la cabeza. Yo doy pequeños trotes esposada al muro. El inspector trae ayuda para tomar las huellas del tipo, se encuentra con mi pasaporte y pregunta a qué me dedico. Reportera, digo. Bueno, se despide, espero no verla otra vez por aquí, usted tiene una profesión, cuánta gente lucha por lograr eso. Pasan las horas, el detenido que llegó después de mí sale libre.
Vuelvo tras las rejas, al menos ya sin esposas. Me quedo dormida sobre la banca de madera, entre sueños distingo a un hombre asiático sentarse en el lugar que antes ocupé esposado a la reja. Lo primero que pregunta es por qué estoy ahí. Robé una cosas. ¿Qué?, inquiere. Ropas. Ah!, ríe. ¿Y tú?, pregunto en mi turno. La vecina me acusó de espiarla por la ventana. Una policía ingresa y lo regaña por estar hablando, vuelvo a dormir. Al despertar, soy notificada de mi libertad. Lagattuta me regresa el pasaporte, las llaves y la tarjeta del metro. Son las cinco de la mañana, han pasado casi 10 horas desde que llegué a la estación de policía. Uno de los guardias en la puerta pregunta si ya no volveré a robar. No, digo sin mucho ánimo. No parece muy convencida, comenta entre risas a los demás. Estoy dormida, respondo. Extiendo la mano a Lagattuta, le doy las gracias y desaparezco por la puerta, feliz por lo bien que me sienta mi nueva chaqueta rosa.

Hewes con Broadway
Una vez a salvo y en casa la escritora se debate entre el retiro definitivo y la búsqueda de un trabajo honrado donde paguen poco tal vez haya que estar varias horas de pie, un retiro a medias, o dar rienda suelta al fetichismo compulsivo. Por qué estaba clara la tendencia a excederse en cualquier plano como un rasgo de personalidad, que a última hora se agradecía porque al menos era preferible a una vida sin nada en uno mismo contra lo cual luchar. Saliendo hacia el parque todo parece parte de un sueño o una película, pero es real. Como lo es la escena que la obliga a devolverse a casa a escribir este relato. En la salida de una tienda en Brodway con Hewes un hombre ya mayor, bastón y peluquín, se enfrenta al guardia hasta golpearlo con el adminículo del que se ayuda para caminar. El uniformado lo reduce. Él sólo atina a gritar fifty dolars. Una mujer sale vociferando algo en español. Desde el suelo el viejito patalea, mueve la cartera de mujer verde, y vuelve a repetir la cifra. Otras mujeres salen. Cuatro carros policiales llegan. La escritora se acerca más para escuchar mejor. El tipo es esposado. La mujer de la cartera, varios años menor, vuelve a gritar en español. El señor repite la suma de dinero. Todos hablan con todos, los policías con los guardias y los curiosos, uno de los uniformados explica la situación en español, otro flirtea con una de las testigos, quien rotula lo ocurrido como un asunto entre un hombre y una mujer. En medio del griterío el viejito hace gala de su spanglish y explica que le ha dado alojamiento a la tipa de la cartera. Lo último que se escucha es su precio, 50 dólares. La escritora se imagina vieja y con un bastón agrediendo a algún guardia de seguridad. Agita la cabeza. La nebulosa por fin parece disiparse. Al llegar a casa encuentra en su bolso una boleta de Urban Outfitter por la misma cantidad que robó.

delito
La próxima vez que vayas a cometer un crimen la moña se queda en casa, recomienda el amigo de Puerto Rico. Delito, crimen suena muy feo, corrige la joven poeta puertorriqueña. Al contarles el resumen de los hechos, el primero estrecha su mano vengan esos cinco. Le digo que tampoco es para felicitarme, que sino puedo terminar dedicada a eso. Aunque la palabra suena tan bonita.