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12 may. 2005

azotea

le dije que estaba tomando un poco de aire. mejor en la azotea, invitó. Subimos. Varias veces nos cruzamos en dirección a alguno de los cuatro puntos cardinales. Esperé que meara en una de las esquinas. Nos encontramos al centro. Le dije que algunas veces había sido pesado quizás sin darse cuenta. Que otras me había parecido un tipo muy amable, que finalmente los juntaba a los dos. Que le tenía cariño, que podíamos ser amigos. Nunca hemos sido otra cosa, respondió. Lo fuimos, en algún momento, luego todo se enredó, yo me condundí, y tú te has alejado bastante. Soy lento, dijo. Lo sé. Nos asomamos a ver la ciudad, como quien contempla un abismo. El viento dándonos en el rostro. Me quejé del frío. Bajamos por la estrecha escalerita. Los hombres primero, propuse. Pero voy a verte todo, dijo. Reí. Tanto confías en mí? Reí, para qué recordarle que había demostrado ser más que inofensivo. Son blancos dijo desde abajo; rectificó, no, negros. Como un adolescente, estaba en lo cierto. Me tendió su mano, algo fría. Al entrar a la casa nos dispersamos en la multitud para no volver a vernos; esa noche, al menos.

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