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28 may. 2005

190 6th Ave

tras las cortinas abiertas una cama de sábanas rojas y colcha azul, sobre ella el racimo de bananas amarillas. una mujer de vestido negro tendida de espaldas con una banana en la mano. se la pone entre las piernas, se mueve, lleva luego las rodillas a un lado y con la otra mano introduce la fruta por detrás.

minutos antes la llamada del amante jamaicano que se va a Virginia y pide que no lo llame en la semana.

la revoltura de libros, espejos, almohada, teléfono, cenicero con un porro, cerillos del Bembe, un celular, una espejo, la camisa de dormir, un bolso, sobre la cama. al otro lado, la ventana, el fluir de la ciudad.

14 may. 2005

virtual


en la sala del poeta, termino de escribir los apuntes sobre la fiesta de ayer, llega la pipa de marihuana, sigo escribiendo, alguien observa de soslayo la palabra masturbación, un hombre y una mujer cuentan de cómo se conocieron por internet, se ven bellos y felices, me pregunto por qué dos personas así tuvieron que poner sus nombres en una lista de chat y ofrecerse en la red, para hacer posible un encuentro. te venden una fantasía, un cuento que vendría a reemplazar el relato fragmentario y roto de los días nuestros, zigzagueante y ambiguo como los propios pasos. porque tal vez en Internet uno podría poner características aisladas -componentes químicos- que mezcladas tendrían que dar como resultado al hombre o mujer deseados. como si un color de piel, un olor, un gesto, no fueran asociadas sólo a una voz, a una forma de articular o desarticular las palabras. una manera de moverse no estuviera ligada a esa particular gramática personal que enredamos con la del otro, como un juego brutal y absurdo, más destinado a perdernos que a provocar el encuentro, a perturbarnos en lugar de darnos paz, a exigir abismos en lugar de lagos calmos. porque no soportaríamos la detención, el congelamiento. porque nos enamoramos del vértigo.
El poeta recita algo en que repite la palabra sudaca y canta, luego lo va traduciendo para el chico que María la madrileña encontró en Internet. Se ven felices y bellos. Ahora discuten con el poeta en una mezcla de inglés y español insultándose por quién habla mejor la lengua del Padre. Novela negra, es lo que debieras escribir, sugiere el amigo del poeta, con un vaso en la mano, a la orilla del computador. No me describas tanto, ordena. Falta un crimen.

12 may. 2005

escaleras

De vuelta momentáneamente en el viejo edificio, 321 Broadway, la falda corta deja ver las piernas algo gruesas pero torneadas, envueltas en encaje negro, uñas rojas rodeando las rodillas, escote pronunciado. Sentada en la escala del 2º piso, sola, la mujer siente el impacto del lugar donde escribió las últimas 50 páginas o más, acaba de llamar a P, quien desapareció en su cuarto entre el tumulto de la fiesta. “Estás solo?” Sí. “Estás bien?” Sí. “Quería saber si estabas bien”. Sí, me estoy tomando un break. “Quieres salir?” Sí, en dos minutos salgo. La espera en los escalones se prolonga, las piernas algo gruesas envueltas en encaje negro, tiemblan levemente.

azotea

le dije que estaba tomando un poco de aire. mejor en la azotea, invitó. Subimos. Varias veces nos cruzamos en dirección a alguno de los cuatro puntos cardinales. Esperé que meara en una de las esquinas. Nos encontramos al centro. Le dije que algunas veces había sido pesado quizás sin darse cuenta. Que otras me había parecido un tipo muy amable, que finalmente los juntaba a los dos. Que le tenía cariño, que podíamos ser amigos. Nunca hemos sido otra cosa, respondió. Lo fuimos, en algún momento, luego todo se enredó, yo me condundí, y tú te has alejado bastante. Soy lento, dijo. Lo sé. Nos asomamos a ver la ciudad, como quien contempla un abismo. El viento dándonos en el rostro. Me quejé del frío. Bajamos por la estrecha escalerita. Los hombres primero, propuse. Pero voy a verte todo, dijo. Reí. Tanto confías en mí? Reí, para qué recordarle que había demostrado ser más que inofensivo. Son blancos dijo desde abajo; rectificó, no, negros. Como un adolescente, estaba en lo cierto. Me tendió su mano, algo fría. Al entrar a la casa nos dispersamos en la multitud para no volver a vernos; esa noche, al menos.