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23 oct. 2006

suerte

la invitan a la ópera y llega tarde, tiene que ver todo el primer acto en una sala especial con pantalla gigante, la mejor parte le parece un sueño, ya que hace rato batalla con él. cómo puedes quedarte dormida aquí, se dice a sí misma, pero no puede evitarlo. una vez en su ubicación en medio de fracs y vestidos de seda, acomoda sus bototos con cuidado de no ponerlos en el asiento de adelante, segunda función sin pestañar eureka, intermedio y un paseo en medio del glamour, para olerlo, sentirlo, tocarlo, y ver cómo se desvanece al tercer acto. vuelve a pestañear, qué rabia, incluso después de preguntar how much is this seat? a la señora de atrás y explicar que no sabe el precio porque it was a gift. What a great gift, you are very lucky, responde la señora y confiesa que el precio de la entrada es de 150 verdes. para colmo termina la función y a pesar del sueño se arrastra a los camerinos para visitar a la estrella. su nombre estaría anotado en una lista, pero el portero latino no ha sido informado. no puede entrar, sentencia, obtuso, como todo funcionario con autoridad transitoria. cómo, pregunta, si me invitaron a pasar. yo no sé, repite el hombre, no hay nada que se pueda hacer, a menos que quiera ir por afuera y hablar con la recepcionista del estacionamiento. yo no quiero perseguir a nadie, se explica, fueron ellos quienes me invitaron a pasar y no quiero quedar como mal educada. por allá pueden llamarla, de aquí yo no puedo. mejor dígale que no pude pasar. no, tiene que ir con la operadora. ya le expliqué, no es mi interés perseguir a nadie. pues, entonces mala suerte, dice él. mala suerte para usted porque voy a tener que decir que no me dejó pasar; se da media vuelta y se va, la perla. devora con rabia el sandiwch de salmón hurtado entre el segundo y tercer acto. camina sin detenerse por la explanada donde todos los turistas se toman fotos. ni siquiera lleva el programa como prueba de que estuvo ahí.

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