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29 ene. 2006

ustedes dirán


estimados:
he estado pensando qué hacer y de momento se me ocurre nada. la alternativa sería seguir recurriendo a fragmentos de mi libro, pero son cosas que ya pasaron y por lo demás no quiero exponerlas por entero en este espacio. otra posibilidad es desgastarlos a ustedes describiendo detalles inútiles de mi vida cotidiana, cansarlos hasta que me olviden o los olvide yo. A menos que...

27 ene. 2006

en el país de...

A veces pienso que todo esto lo hago sólo para impresionar a mis amigos, para que se pregunten y ahora qué se le ocurrirá, para contarles una historia y contármela a mí, citarlos en un parque que se convierte en página, dibujar con la mano y los ojos entrecerrados el perfil de la sombra que se convierte en tinta, hurgarme en los bolsillos y sacar espacios en blanco, repitiendo el gesto de sorpresa del mago ante el sombrero.

24 ene. 2006

secreto

tal como le ocurre a joseph mitchell en El secreto de joe gould*, pierdo interés en los personajes tras completar la imagen de sus historias. aunque pensándolo bien a ratos me siento más identificada con el vagabundo, mendigo, escritor, protagonista del libro. con su proyecto imposible de escribir que capta la atención del reportero gringo en las calles neoyorquinas de los 40 y 50, a quien le revela las historias de los personajes que escuchó sin lograr llevarlas al papel.

*libro de Joseph Mitchell en que juntó dos perfiles del personaje en cuestión publicados con más de veinte años de diferencia

22 ene. 2006

black out

New York.-
El aire de la noche está caliente. Sentados alrededor de una mesa sobre la que alguien pone el tema de las borracheras, como si pusiera la primera pieza de un rompecabezas. La mesera venezolana confiesa que a veces el ron la impulsaba a fajarse a golpes. Habla de los black out. Me parece una hermosa forma de referirse a esos momentos que los presentes no han vivido. Sólo el pintor a los 17 años; se quedó dormido afuera de su casa, a la vista de todo el vecindario. Y yo. Alguien dice que tal vez es cómodo decir no me acuerdo, ¿qué pasó? Lo peor es despertar en el lugar dónde no tenías que despertar, prosigue la chica. Lo peor es intentar reconstruir la noche anterior con los pedazos que se tienen, digo, porque siempre son más las piezas que faltan. Mejor dejar el recuerdo así, borroso, creo que dice ella.

17 ene. 2006

rabietario*

El lenguaje es una trampa.
Tras recibir el mail de una amiga decido borrar de mi vocabulario y del texto Dirty minds el adjetivo "de color".

From: Nicole Delgado"
A mí me gusta decir "negro". Tienes razón que decir "african-american" es bullshit. Sobre todo cuando muchos de los negros aquí tienen un trasfondo étnico/cultural/nacional que no es ni siquiera homogéneo. Creo que lo que me llamó la atención no fue eso, sino la frase "de color", ambigua y ciega. Una la repite porque es casi estándar, pero siempre me ha parecido una trampa precisamente por lo que tú dices de que una también asume un color al hablar del otro. Hasta donde yo sé, no hay razas transparentes.


On 1/17/06, Alina Reyes wrote:
Quizás esta sea una nueva forma de comunicarnos. También te extraño. Y sí, tal vez asumo un color al hablar de los otros pero ¿cómo describir a las personas distintas a uno? Sigo prefiriendo decir negro a afroamericano, porque tras la segunda palabra sospecho otra discriminación encubierta.

*así se llama el blog de la amiga puertorriqueña (ver en links)

16 ene. 2006

dirty minds

En el cuarto que imitaba una sala de tortura encontré nuevamente a mi amigo, ahora vestido. Conversaba con una chica y su novio, asiduos a estos eventos. “We are dirty minds”, dijo ella a modo de explicación. T preguntó si se querían. Claro, nos amamos, es sólo que tenemos fantasías con otros y las saciamos aquí.

Seguí paseándome con mi vaso de agua. Entre los culos, tetas y falos distinguí a una pareja formada por una mujer y un hombre negros que sin mucha energía comenzaban a follar en un sillón. El tipo despertó mi curiosidad. Más tarde lo vi penetrar por atrás y en forma vigorosa a una chica oriental, a la que arrancó aullidos que consiguieron entibiarme. Los seguí desde una banca. La chica bastante mareada comenzó a buscar sus pertenencias. El acompañante proseguía arrancando nuevos gritos a una rubia con las tetas operadas, a la que daba vigorosas palmadas en el culo mientras se la metía. Al parecer el sexo anal era su preferido.

T se presentó de improviso. Le comenté que parecía como si todos quisieran ligarse a cualquiera antes que a sus verdaderas parejas. Nadie me atrae, dije, sólo aquel tipo de enfrente. Mi amigo fue a decírselo mientras él se secaba el sudor con una toalla preparándose para un nuevo round. Me encaró y preguntó si quería tocarlo. De pronto me vi a mí misma acariciándole un miembro oscuro e inmenso a la vista de T. Mi problema, le dije al semental, es que no quiero estar con todos ni menos que tu esposa me meta mano. Podríamos ir a un rincón, sugerí. Yo te buscaré, prometió y regresó a sus ocupaciones.

Cada vez que se oyeron gritos femeninos seguí el rastro entre los laberintos. Invariablemente lo vi penetrar a una rubia o morena en cuatro patas, provocando mi envidia. Los cuerpos femeninos y masculinos se enlazaban como en una cadena mientras alrededor los curiosos de pie y con sus tragos comentábamos las proezas de los actores reales y sin ningún pago más que el placer. Sin duda el rey de la noche era él. Las chicas hacían cola en la cama esperando que se las tirara.

Mirando uno podía aprender nuevas técnicas. Un tipo mayor acompañado de una mujer más joven, ambos vestidos, se acercó y me tocó el culo, respetuosamente. Riendo le dije que no era mi tipo. Confesó ni él ni su chica habían follado, que no conseguían soltarse, especialmente ella. Olvidando la vergüenza T se bajó los pantalones y me dio la espalda para integrarse al grupo. Pidió un preservativo que corrí a buscar. Cuando terminó con esa chica le ayudé a elegir entre el mar de culos. Casi se equivoca con un trasero masculino. Lo vi intentar penetrar a una tipa que le dijo no, es la tercera vez que te lo repito. Una voz preguntó qué tal la fiesta. Era el chico de la puerta, esta vez sin peluca. Bien, dije, sólo estoy mirando, y ¿tú? Yo también, nunca he participado en dos años aquí. Por él supe que los trabajadores tenían la libertad de elegir si se incorporaban o no. Pero a mí no me gustan las mujeres tan fáciles, explicó. Nos sentamos un momento en un sillón de cuero. El sonido de fondo era un jadeo colectivo. ¿Sabes?, dijo, si tuviera que besar a alguien de toda la fiesta te elegiría a ti. ¿Por qué? Tus ojos, dijo, clavándome otra vez los suyos, intensamente grises. Estuve a punto de besarlo, pero la escena era demasiado romántica.

14 ene. 2006

omens/augurios

en el desvarío que ofrece el dolor recordé que había dado de fumar al ekeko solamente una jalada de cigarro y tuve que apagarlo para salir a la cena de año nuevo con una desazón. al otro día le prendí el resto del cigarrillo, miré sus pies quebrados por descuido poco antes de mi regreso al país. no eran los pies, para ser exactos se trataba de sus dedos.

9 ene. 2006

rojo

la camilla en que permanezco sentada el primer día del año. las uñas de las manos pintadas para la ocasión. la carne viva en el dedo gordo del pie. la blusa de terciopelo algo provocativa para estos ambientes. los rastros en la uña perdida a las 8 de la mañana cuando el parlante le cayó desde lo alto de una repisa después de rebotar en la cabeza del dueño de casa. las manchas en la ropa, zapatos y suelo. las camillas en que padecen el hombre asaltado con cuchillo al que robaron calzado y billetera dado su estado de ebriedad y el chico que se agarró a mocha*, a quien vi cómo le cosían la cabeza y que me dio la mano para que yo no llorara. el olor a sangre entremezclada con agua oxigenada que invade la posta este 1 de enero y del que se quejó la enfermera, mientras el doctor bromeaba con su colega que le cambiaría el paciente asaltado por otro. El brevaje en el vaso del chico que dijo “te amo por tu crónica” y al que respondí que su confesión era un regalo de año nuevo. “te diré algo un poco ególatra -prosiguió- escribes tan bien como yo”. tras plantarme unos besos ebrios lo dejé para ir al baño; más tarde se le vería a través de la ventana besándose con otra chica, la tercera de la noche. la gota en el piso, único rastro que dejé en la escena del crimen antes de huir a la Posta 3.

*mocha: pelea o riña en coa chileno

4 ene. 2006

swingers

“así que se sentó a beber su té, sintiendo que aquello que veía y escuchaba alrededor no estaba sucediendo realmente, o si sucedía, ella no estaba ahí del todo”
(Paul Bowles,
The sheltering sky)

Al recordarlo era como un sueño o una película. Para ser franca así había sido toda la estadía en aquella ciudad signada por los rascacielos. Sobre todo esa noche. La invitación misteriosa del amigo que pidió mantener su identidad en secreto. Varias veces se había jactado de asistir a orgías, historias que oí como quien ve un filme, sin dudar ni creer, embelesada en la narración, en su ritmo agitado. Hasta que recibí la invitación.
Fue poco antes de marcharme, como una despedida para que no olvidara lo que otro hombre dijo en otra fiesta muy distinta “Nueva York nunca se repite”. Dejarse extraviar en sus calles era como apretar el control remoto para sintonizar fragmentos de programas disímiles que nunca verías por completo. Pero yo era una voyeur cada vez más asumida y me conformaba con eso: una imagen, el esbozo de un relato, la intimidad de otros entrevista al menos un instante.
Todo es muy respetuoso, prometió el amigo, no tienes que hacer nada que no quieras, nadie va a molestarte y puedes emprender retirada cuando desees. Acepté. Hacía frío en la 33 con 5a Avenida, donde nos encontramos. Como venía de otro sitio no tuve tiempo de cambiarme. Zapatillas, chaqueta y jeans; lo único que enseñaba era un poco de escote. T, sobreestimulado, tardó en dar con la dirección. Adiviné que estas fiestas lo ponían nervioso.
El edificio no denotaba nada fuera de lo común, al igual que las parejas en la puerta y el ascensor. Dijo que había solicitado mi compañía porque era necesario asistir en pareja, sin embargo, intuí que quería ponerme a prueba. Al principio pensé se trataba de una broma, y que luego nos iríamos a cenar a otro sitio. Pero esto era real, aunque en mis recuerdos permanezca como el resabio de una noche de juerga tras haber ingerido demasiadas drogas o alcohol. En mi caso los nervios o la ansiedad me llevaron a comer en forma compulsiva.
La entrada a la fiesta ascendía a 150 dólares por persona, pero mi amigo le pasó sólo 80 por los dos a un tipo que conocía desde antes. Aunque el apartamento no era muy grande, tenía múltiples recovecos que en el momento propicio acogerían con comodidad a los participantes. Algunos al principio muy tímidos, otros más desinhibidos. Estas fiestas lograban gatillar actitudes inesperadas. También en mí.

tiraderos
T jugaba el papel de un guía turístico algo abyecto. Me condujo por los cuartos enlazados como en un laberinto (uno más en New York), cada uno presidido por camas enormes; verdaderos tiraderos, los definió mi guía. ¿Qué pasa si te veo en acción?, pregunté. Me daría vergüenza, respondió. Propuse evitar acercarme y fui a la barra por un vaso de agua, más pistachos, otro trozo de pastel. Los promotores de la fiesta preparaban un show para abrir el fuego. El hombre de la puerta con la peluca gris cruzó sus profundos ojos del mismo color con los míos.

En el medio de algunas mujeres ligeras de ropa y gente conversando o bebiendo los promotores comenzaron a explicar las reglas del juego, al tiempo que desplegaban un colchón. Regla número uno: todos deben usar preservativo. Los adminículos de látex habían sido dispuestos en cada rincón del recinto. Una chica con cuerpo de quinceañera se tendió de espaldas. Su partner de sexo masculino acercó el miembro a su boca. Otra chica rubia llegó portando un pene de plástico amarrado a la cintura con el que empezó a estimular a su compañera al tiempo que le succionaba las tetas. Ese era el cuadro plástico. El tipo penetró a la mujer delgada, la rubia continuó lamiéndola y luego le introdujo el falso miembro por atrás. En ese momento pidió candidatos que continuaran. Me aburría soberanamente que trataran a los asistentes como niños en una clase de pornografía, dando ideas de cómo follar en grupo.

Dos hombres bastante poco agraciados se bajaron los pantalones. Los tipos no lograban la erección por lo que recibieron ayuda, luego se turnaron para penetrar a la chica, que se comportaba como si estuviera en el gimnasio. Casi ni alcancé a pensar en la falta de emoción de la escena cuando las ropas de la concurrencia desaparecieron para descubrir cuerpos envejecidos, entrados en carnes o en el caso de las mujeres, con algunas cirugías, sobre todo en los pechos. Un hombre fue por su plato, su estatura era escasa, vestía calcetines y zapatos. No pude evitar mirarle un miembro minúsculo colgando de unos gemelos excedidos en tamaño. Imaginé una película de Jodorowsky. Nadie lograba llamar mi atención. Esquivando a las parejas que se metían mano logré sentarme un momento. Un tipo se acercó. You want to try me?, preguntó. No, I came only to watch. Todo muy respetuoso, tal como mi amigo había advertido. Lo divisé de espaldas y arrodillado frente a un grupo desnudo. Desde mi palco podía ver la mitad de su cuerpo. Nos hicimos señas riendo. Salí a dar una vuelta por las habitaciones.