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22 dic. 2005

pastelería

New.-York
El hombre grande de Serbia llegó días antes de mi partida profiriendo miradas de fuego que lograron ponerme nerviosa. Se fue a acostar solo. Dormí en el sillón porque mi amiga había llegado de España con su novio y ocuparían el cuarto con la ventana hacia el tren urbano. Al otro día el nerviosismo se mantuvo por todo lo que faltaba hacer mientras él ofrecía té, leche de soya, apareciendo por todos los rincones de la casa, yo en pijama luchaba por terminar un artículo atrasado, era mi último día en la ciudad. Estaba cansada y un gesto corporal me delató. Se acercó con esas manos tremendas a masajear mi espalda y cuello, acercando su boca a esta última parte. Cuando los españoles se fueron nos metimos al cuarto que da al tren, las ropas volaron. Fue agradable sentir un cuerpo fuerte y tibio abrazándome. No había regresado a su país en 15 años para no verlo destruido.

Enseñó un miembro blanco y proporcional a sus manos. Con dificultad logramos acoplarnos, cambié posición y comenzaba a gozar sus caricias algo torpes cuando pidió detenernos. Dijo que no quería que mi roommate se enterara. Dormía en el cuarto a dos puertas. No comprendí por qué a un hombre de 36 años le importaba esto. Pero accedí y nos vestimos.

Lo encontré nuevamente en otro rincón, me besó el cuello prometiendo que cuando el rommate se marchara nos encontraríamos. Las visitas de los vecinos para despedirse se sucedieron y nos fuimos quedando solos otra vez. Tomé una ducha, elegí los atuendos más sexys del guardarropías. Cuando me lavaba los dientes apareció en el espejo, subió el vestido negro y deslizó el calzón rojo por mis piernas. Se puso el preservativo, pero algo falló.

Lo conduje hasta el sillón de leopardo desde el cual se veía al tren casi chocar con el edificio, ilusión óptica como la ferocidad de mi acompañante, que se redujo a algunos palmazos más fuertes de lo habitual, apretones y algún tirón de pelo, pero no pudo. “Tengo novia”, confesó, “ayer estábamos juntos y muy bien, con mucho amor”. No entendí nada, me condujo a la cama, volvimos a intentarlo. Nada, su miembro no lograba la erección necesaria. “Creo que inconscientemente prefieres portarte bien”, le dije. No respondió. Pedí un nuevo masaje que me dejó casi dormida. “Cada uno sigue su camino mejor”, dijo en su español algo extraño, procedió a vestirse y me dio un beso de despedida.

La sensación de pica me persiguió todo el día mientras viajaba a cobrar al periódico, conseguía una maleta, robaba dos perfumes para cambiarlos por el reloj para papá en Chinatown -todo cargando la maleta-, intentaba vender las últimas tarjetitas y sólo conseguí U$30, al menos algo. Al llegar a casa preguntó que tal había estado el día. Más o menos, dije, faltó algo. Después se deshizo en explicaciones que a mi modo de ver dejaron en claro sus limitaciones morales. “Es como ir a la pastelería, comenzar a comer un pastel de chocolate y recordar de pronto que estás a dieta”, dijo. Qué bien, al menos ahora me comparaban con un pastel, no sé si dijo de chocolate o esto lo agregó mi imaginación. “Bueno, -respondí resentida- yo no tenía hambre pero me dieron un pastel y cuando le encontré el gusto dijeron que sólo era una muestra”.


Me levanté a preparar la maleta, entre nuevas visitas de los vecinos, subidas y bajadas, más porros, faltaba poco para partir al aeropuerto y no conseguía guardar todas las pertenencias acumuladas en un año. Se despidió, que iba a dormir. Nos veremos, dijo. De la otra no te salvas, prometí. Más tarde comprobaría que arrojé a la basura dos libretas con las últimas entrevistas que los vecinos tuvieron que recoger, una blusa de seda, un disco del que sólo llevé la carátula vacía. En el avión recordé al hombre grande con residencia en París y el deseo que me abrió. ¿Para qué?

1 comentario:

nicolececilia dijo...

ahhh! esto no lo había leído!!!