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27 dic. 2005

Santo Domingo y José Miguel de la Barra


Los nombres de las esquinas aquí son más largas, menos anónimas, por eso alguien siempre me descubre cuando estoy buscando y te adivino desde lejos tan tranquilo, tan silencioso, tan tú y temo que no me reconozcas tan convulsionada, con tantas impresiones en la piel, con tanto balbuceo que no logra decir lo que aconcho en la mirada en este pelo cortado con torpeza, la misma con que recorro tus barrios para encontrar las señales que dejas, y vuelvo a cruzar mi ruta con la del hombre del carrito creyendo que cierro un gran círculo. Preferiría una cita en nuestro puente al atardecer para sentirte en la brisa del río, en el pretil del puente que me cambia cada vez que lo cruzo, aunque no llegues, maldito, Santiago mío y ajeno, que te me escapas con tu cara nueva de edificios posmodernos, pero eres el mismo. Y yo no.

Todo se escapa de mis manos tal como planié.

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