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31 dic. 2005

amarillo

los calzones que me regaló mamá para que este año no falte nada. el color de las paredes del cuarto en santiago de chile donde termino de ordenar el material escrito en este tiempo. el calor. el té de manzanilla. los taxis de new york, ciudad prestada parecida al Aleph de Borges en la que finalmente nada faltó. la luz derramándose sobre el rostro de los amigos. la flor del cactus que olvidé. el atardecer con Lloret quien recordaba dibujando con lápices de cera su garaje matucana en una mesa del toro. los recuerdos del año que se va. el gorrito del ekeko que en este preciso instante fuma por la familia, por mí, por los lectores que sin saberlo me protegieron en cada sobresalto.

27 dic. 2005

trabajo comunitario

día de lluvia, a las 7.30 am debo presentarme en Battery Park. Ante la ausencia de ropa para la lluvia un funcionario me hace un abrigo de bolsas de basura. Somos tres en el equipo: un africano que al parecer vendía CDs, una chica vestida con ropa de exploradora marca Patagonia, y yo. El cuarto integrante era el encargado del grupo y de 16 jardines en el Bajo Manhattan, un tipo relajado que nos contó cómo conoció a su actual esposa mientras desempeñaba funciones en el parque con vista a Miss Liberty. Por supuesto lo primero que intentó saber fue qué habíamos hecho. La chica con ropa para exploradores adinerados tenía dos días de trabajo obligatorio, por mi parte sólo uno. Ella respondió con evasivas la pregunta de nuestro jefe, quien trató de adivinar ah! tuviste una pelea con el novio. Luego desplazó la vista hacia mí, ¿y tú? Secreto, fue la respuesta. Mmmmm, déjame pensar, algo muy pequeño, tú si peleaste con el novio. ¿Por qué?, inquirí, ¿te llevan detenido por una pelea? Sí, al chico lo condenana a cinco días y a las chicas sólo a uno. No dije ni sí ni no, pero fue la idea con que se quedó el tipo.
La mayor parte del tiempo lo dejamos ir viendo llover desde la camioneta, escena que tenía cierto encanto. Cuando el agua disminuía su intensidad, bajábamos a las diminutas plazoletas para recoger papeles del suelo con unas palos largos que imitan el movimiento de las manos. La exploradora y yo hacíamos un equipo, a veces ella recogía mientras el carrito o la bolsa de basura eran arrastrados por mí. De pronto una ventolera me hizo imaginar que realmente estábamos en la Patagonia. El mal tiempo fue una suerte, de lo contrario deberíamos barrer los puntos verdes en la parte baja de la ciudad, pero no lo hicimos. Las horas de trabajo nos fueron recortadas en dos horas menos. Almorcé unas semillas de girasol robadas en un Delhi chino, lo lamento, pero no tenía un peso. Comí en la casita de uno de los jardines junto a otros funcionarios más pobres que yo, ellos se alimentaban de coca-cola, papas fritas en bolsa, y unos pocos engulleron además un sandwich hecho en casa. Una hora para comer. Después rellenamos el tiempo dando más vueltas en camioneta, viendo a la gente que se les volaban los paraguas negros, algunos pocos rojos, entre los avisos publicitarios y las caras de unos tipos pintadas de azul anunciando una compañía de teatro. Tras limpiar el último jardín, el tipo amable nos dejó en el subway. No te pelees más con el novio, me dijo, ya encontrarás a alguien mejor, lo mereces.

Santo Domingo y José Miguel de la Barra


Los nombres de las esquinas aquí son más largas, menos anónimas, por eso alguien siempre me descubre cuando estoy buscando y te adivino desde lejos tan tranquilo, tan silencioso, tan tú y temo que no me reconozcas tan convulsionada, con tantas impresiones en la piel, con tanto balbuceo que no logra decir lo que aconcho en la mirada en este pelo cortado con torpeza, la misma con que recorro tus barrios para encontrar las señales que dejas, y vuelvo a cruzar mi ruta con la del hombre del carrito creyendo que cierro un gran círculo. Preferiría una cita en nuestro puente al atardecer para sentirte en la brisa del río, en el pretil del puente que me cambia cada vez que lo cruzo, aunque no llegues, maldito, Santiago mío y ajeno, que te me escapas con tu cara nueva de edificios posmodernos, pero eres el mismo. Y yo no.

Todo se escapa de mis manos tal como planié.

22 dic. 2005

pastelería

New.-York
El hombre grande de Serbia llegó días antes de mi partida profiriendo miradas de fuego que lograron ponerme nerviosa. Se fue a acostar solo. Dormí en el sillón porque mi amiga había llegado de España con su novio y ocuparían el cuarto con la ventana hacia el tren urbano. Al otro día el nerviosismo se mantuvo por todo lo que faltaba hacer mientras él ofrecía té, leche de soya, apareciendo por todos los rincones de la casa, yo en pijama luchaba por terminar un artículo atrasado, era mi último día en la ciudad. Estaba cansada y un gesto corporal me delató. Se acercó con esas manos tremendas a masajear mi espalda y cuello, acercando su boca a esta última parte. Cuando los españoles se fueron nos metimos al cuarto que da al tren, las ropas volaron. Fue agradable sentir un cuerpo fuerte y tibio abrazándome. No había regresado a su país en 15 años para no verlo destruido.

Enseñó un miembro blanco y proporcional a sus manos. Con dificultad logramos acoplarnos, cambié posición y comenzaba a gozar sus caricias algo torpes cuando pidió detenernos. Dijo que no quería que mi roommate se enterara. Dormía en el cuarto a dos puertas. No comprendí por qué a un hombre de 36 años le importaba esto. Pero accedí y nos vestimos.

Lo encontré nuevamente en otro rincón, me besó el cuello prometiendo que cuando el rommate se marchara nos encontraríamos. Las visitas de los vecinos para despedirse se sucedieron y nos fuimos quedando solos otra vez. Tomé una ducha, elegí los atuendos más sexys del guardarropías. Cuando me lavaba los dientes apareció en el espejo, subió el vestido negro y deslizó el calzón rojo por mis piernas. Se puso el preservativo, pero algo falló.

Lo conduje hasta el sillón de leopardo desde el cual se veía al tren casi chocar con el edificio, ilusión óptica como la ferocidad de mi acompañante, que se redujo a algunos palmazos más fuertes de lo habitual, apretones y algún tirón de pelo, pero no pudo. “Tengo novia”, confesó, “ayer estábamos juntos y muy bien, con mucho amor”. No entendí nada, me condujo a la cama, volvimos a intentarlo. Nada, su miembro no lograba la erección necesaria. “Creo que inconscientemente prefieres portarte bien”, le dije. No respondió. Pedí un nuevo masaje que me dejó casi dormida. “Cada uno sigue su camino mejor”, dijo en su español algo extraño, procedió a vestirse y me dio un beso de despedida.

La sensación de pica me persiguió todo el día mientras viajaba a cobrar al periódico, conseguía una maleta, robaba dos perfumes para cambiarlos por el reloj para papá en Chinatown -todo cargando la maleta-, intentaba vender las últimas tarjetitas y sólo conseguí U$30, al menos algo. Al llegar a casa preguntó que tal había estado el día. Más o menos, dije, faltó algo. Después se deshizo en explicaciones que a mi modo de ver dejaron en claro sus limitaciones morales. “Es como ir a la pastelería, comenzar a comer un pastel de chocolate y recordar de pronto que estás a dieta”, dijo. Qué bien, al menos ahora me comparaban con un pastel, no sé si dijo de chocolate o esto lo agregó mi imaginación. “Bueno, -respondí resentida- yo no tenía hambre pero me dieron un pastel y cuando le encontré el gusto dijeron que sólo era una muestra”.


Me levanté a preparar la maleta, entre nuevas visitas de los vecinos, subidas y bajadas, más porros, faltaba poco para partir al aeropuerto y no conseguía guardar todas las pertenencias acumuladas en un año. Se despidió, que iba a dormir. Nos veremos, dijo. De la otra no te salvas, prometí. Más tarde comprobaría que arrojé a la basura dos libretas con las últimas entrevistas que los vecinos tuvieron que recoger, una blusa de seda, un disco del que sólo llevé la carátula vacía. En el avión recordé al hombre grande con residencia en París y el deseo que me abrió. ¿Para qué?

17 dic. 2005

flowers

¿el trébol de cuatro hojas que jamás corté, las hortensias marchitas en el balcón al llegar a casa, las silvestres que compré en el mercado de San Cristóbal de Las Casas cuando estuve triste, aquellas aves del paraíso que pedía envolver en Whole Foods y luego retiraba sin que nadie pidiera el comprobante de pago, una blanca y solitaria en el ojal de un galán trasnochado, o esa que algún amigo borracho sacó de sus bolsillos entre migas de pan y monedas para obsequiarme toda ajada?

15 dic. 2005

ciudades


"Pasado, presente, futuro, ¿en cuál tiempo estás?, porque se te confunden al hablar, ¿en cuál estoy yo?", pregunta coquetón el chico de gafas, todo un intelectual en lo que a urbes se refiere. "Por ahora en el presente, supongo". Al salir de la cocina un poema pegado al refri parece confirmar la respuesta: "La ciudad irá siempre en ti, volverás a las mismas calles", murmuro de acuerdo con Kavafis, pero que no me venga con cosas irremediables ni con que he destruido parte de mi vida que esto no es un karma. Adivino al dueño de casa mirándome leer, pero no volteo y regreso a la fiesta que reúne a estudiantes de una maestría sobre arquitectura y ciudad. Por la ventana, Bogotá transcurre lenta.

"Sí, es verdad, pasado, presente, futuro se me confunden, acabo de estar en tres ciudades, estoy perdida en los tiempos verbales", recuerdo haber dicho al joven profesor de literatura. Omití preguntar "y tú, ¿qué secretos escondes en esa caja?", sólo lo escribí en el espejo del baño cuando ya todos estaban demasiado borrachos para leerlo. "No eres de ninguna parte", sentenció él.

El agua para el té se demora más en hervir. Es lo que noto justo cuando llega a la cocina trastabillando. Esta ciudad es tranquila, le dije antes en la ventana de su cuarto, pero no me gusta ver tanto militar en la calle. La tranquilidad de la guerra, acotaría el anfitrión dando la última jalada al cigarro gigante de yerba barata sin confesar qué guardaba en el misterioso cofre ni quién era la chica que furiosa nos observaba desde un portarretratos. Todos escondemos algún secreto, dije, repitiendo la frase cual palabras mágicas que hicieran calzar una escena con otra en un orden perfecto.


6 dic. 2005

verbos

desarmar, armar, despegar, aterrizar, pasear por aeropuertos, comer las muestras gratis de chocolate y licor de café.

3 dic. 2005

destino: bogotá

........é
........x
........i
........t
fracaso


desarmar una maleta para armar otra, sentir cercano el fracaso tras ser calificada de poco profesional por la editora un poquitín histérica, pensar que tal vez es verdad, decirse a sí misma que todo será distinto de aquí en adelante, pero la tentación de perder el tiempo, de dejarlo escapar entre los dedos, aceptar el ticket aéreo de regalo, la promesa de un milagro que cambie las reglas del juego, angustiarse ante los artículos sin escribir, las notas del reportaje pendiente arrojadas a la basura por distracción y que los vecinos en New York recogieron y enviarán pronto, olvidar las elecciones presidenciales que reportearía como free-lance para el periódico mexicano, seleccionar otra vez las pilchas que cubrirán el cuerpo paseándose bajo el sol y la lluvia colombianos, confundir las palabras como en un acróstico en que los sentidos se intersectan, adorar los equívocos